Agustín García Calvo

Se trata de esclarecer lo más posible la lengua misma. Es decir, que la gente aprenda a diferenciar entre esa lengua que está en una subconsciencia a la que podemos llamar pueblo de la escritura y la cultura que el poder puede dominar. Por mucho que el poder intente intervenir en la literatura y en la cultura, en la lengua, que tiene sus propios elementos secretos y sus reglas, no puede mandar nadie. El poder puede usar la lengua para sus propios fines pero no puede alterar ni su aparato ni la diferencia entre los fonemas, ni las reglas sintácticas ni ninguna otra cosa. La función de una gramática honrada y fiel sería descubrir lo que todo el mundo sabe sin darse cuenta de que lo sabe y contraponerlo a todo lo sabido, a todas las opiniones y las ideas establecidas acerca de la lengua. 

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Mi relación con la Academia es de odio y de desprecio declarado. No hay por qué ocultarlo. En la Academia se da la falsificación de la lengua en su nivel más alto: la confusión con la escritura. En la escritura se puede mandar y al poder le viene muy bien que haya academias que pretendan hacer falsamente esa labor. Junto a eso, los diccionarios y las gramáticas conservan una serie de pedanterías que en vez de hacer penetrar en la lengua la desvirtúan y la confunden. Hay un cultivo de la literatura como si fuera la autoridad o representante de la lengua, cuando la lengua no es de nadie. Un cultivo de la literatura que viene a hacer que luego en la enseñanza, en las clases de lo que se llama lengua y literatura, se hable de autores y nombres propios en torno a la literatura y, sin embargo, se olvide la práctica de la lengua.

http://www.circulobellasartes.com/revistaminerva/articulo.php?id=443

La lengua, señores

Señores: la lengua no es de nadie; esa máquina de maravillosa complejidad que ustedes mismos usan, «con la cual suele el pueblo fablar a su vezino», no es de nadie; no ya la lengua común, que no aparece en la realidad más que como lenguas de Babel, pero ni siquiera una de esas lenguas o idiomas es de nadie, y no hay académico ni emperador que pueda mandar en su maquinaria, ni cambiar por decreto ni la más menuda regla, por ejemplo, de oposiciones entre fonemas y neutralización combinatoria de oposiciones que en ella rijan.


La escritura, la cultura, la organización gubernativa, la escolar, las leyes, las opiniones, ésas sí que tienen dueño; y el dueño es el de siempre: el jefe, sus secretarios, sus sacerdotes, la persona que se cree que sabe lo que dice.

Agustín García Calvo: La lengua, señores. 2008

Ortografía

Me queda solo por hoy razonar un poco de por qué es que puedan o deban alcanzar tan gran atención, propaganda y esplendor, las naderías de las reglas de ortografía: es que para el poder, para sus Estados y capitales, es de primera importancia procurar que se confunda la lengua con la escritura (y con la cultura en general), ya que la escritura (lo mismo la tradicional que sus versiones informáticas y digitales) es algo que se puede manejar desde arriba, por leyes y por escuelas, que se compra y se vende y vale dinero y promoción en la sociedad y el régimen, mientras que la lengua es la sola máquina que se le da a cualquiera gratuitamente, que no es de nadie y nadie puede mandar en ella, que tiene sus propias leyes, secretas, en las que autoridad ninguna puede intervenir (como puede en la escritura) y tampoco en los cambios que una lengua realice en sus leyes de vez en cuando, sin que nadie personalmente lo decida, sino una asamblea anónima que bulle ahí por debajo de las almas. Y claro está que una cosa como esta es un peligro constante para el orden, que necesita que eso no exista o, si tal ideal no acaba de cumplirse, que por lo menos se oculte y se confunda con otras cosas manejables, y que no se sepa que la hay y que sigue viva.

Ortografía. Agustín García Calvo.